SE NOS VIENE LA NAVIDAD...DIFERENTE PARA TODOS

La frase, yo nací para ser pobre, al igual que el chancho nació para ser prieta, es de una crudeza que te raspa la herida…Así que como muchos chilenos lo hacen a diario para poder vivir, yo me puse el cuero de chancho para poder escribir de los pobres, pero algo más real, no tan estadístico, porque a diferencia de otros, a mí este es un tema que me vuelve sensible, es un tema bien real y con olor a asumagao.
Hoy voy a escribir de la pobreza y lo hago porque parece que no a muchos les interesó que en estos dos últimos años, los pobres aumentaran en 15,1% lo que en cifras significa que 355.095 chilenos, se sumaron a la población más vulnerable del país, se sumaron a los que pasan hambre todo el año, ellos y sus hijos. Este tema para mí merece ser tratado con todo respeto y con la mayor delicadeza, por criterio y por moral.

Esta es la breve historia de un niño que conocí en una escuela rural de Bulnes:
-Juanito, así lo llamaré, aunque en realidad su nombre es otro, pero no sería agradable para nadie, que después de este relato lo identificaran. -Juanito era un niño chico de 2º básico el año 2002 y cuando me lo presentaron lo encontré un niño alegre, que a menudo cantaba rancheras delante de su curso.
-Con los zapatos viejos, el uniforme aún más viejo, con todos los puntos idos del chaleco azul y la cara un tanto sucia. Un día conversamos harto, reconozco que más por curiosidad mía, que por su interés en contarme sus ocultas desgracias de niño pobre. -Me dijo que vivía con sus abuelitos en el campo, que eran viejos y que él tenía que atenderlos a los dos, porque su mamá se había ido con otro hombre a vivir a Santa Clara cuando era más chico y que caminaba 5 kilómetros para llegar a la escuela y después los mismos 5 kilómetros para llegar a su humilde casa.
-Juanito se levantaba a las 6 de la mañana, le sacaba leche a la única vaca flaca que tenían, prendía el fuego del brasero cuando había carbón, se tomaba una taza de café bien cargado y se iba a la escuela “el pan no era un manjar incluido en su dieta de pobre miserable”. Él era un niño pobre y creo que hoy sigue siendo pobre, pero era un niño alegre, aunque no muy destacado en las notas, al menos así lo recuerdo yo.

-Su profesora jefe me dijo que los compañeros lo molestaban por ser pobre, pero lo molestaban más todavía por una mancha con que nació y que tenía cerca del ojo, todos se mofaban de él y lo tonteaban de lo lindo, así que en invierno además de andar con los pies fríos, los zapatos para la corneta y la guata con hambre, tenía que sacar fuerzas para defenderse a grito limpio, sino estaba sonado. La profesora me contó que un día lo llamó y le dijo Oye Juanito, ¿sabes por qué te molestan tus compañeros? Juanito comedido y con una aire del que se aprendió la tarea le contestó con prestesa y orgullo del que sabe -¡Sí señorita!, -porque son malos, porque dicen que soy pobre y porque tengo esta mansa mancha y se pasó la sucia mano por la cara. -La profesora que ya estaba aburrida de la mofa que todos sus compañeros hacían de él, le contestó lo único que ese alumno nunca pensó escuchar. ¡Te molestan porque te tienen envidia! A lo que Juanito, con cara de incredulidad, le preguntó con desconfianza y en un tono muy bajito ¿Por qué señorita? –Porque las personas inteligentes tienen esa mancha y le mostró una portada de la revista Ercilla, donde salía Gorvachov, el Presidente de Rusia. Juanito lo miró y dijo Waa, y yo también soy inteligente como él señorita. Sí Juanito eres muy inteligente, le aseguró con omnisapiencia la profesora.
Ese final de año, esa profesora se aseguró de que el Viejo Pacuero le llevara unos buenos zapatos a Juanito, además de una pelota y unas zapatillas. (La pedagogía del Amor), esa que todo profesor debería practicar al menos una vez en su vida.

-Tiempo después la profesora hizo lo mismo con un flaco y con un orejón. -¡Santo remedio!, esa es la pedagogía chilena, hija del rigor del barro y de la realidad. Sin embargo, Juanito, que dejó de ser tonto, para pasar a ser inteligente, siguió siendo pobre, porque eso no tenía solución pedagógica. Esa era la realidad desnuda, el Juanito era pobre con alevosía. Esta realidad de escuela rural, se repite mucho en este Chile a medias y al igual que muchos que aún no han caído bajo los efectos de la anestesia social, que impone un sistema que separa castas, sigo pataleando al ver las tres únicas realidades que ofrece mi país. Por un lado los pobres, esos que siguen sin poder pagar los servicios básicos, de allegados, los que tienen familias y no tienen de donde cresta sacar para parar la olla, esos que hacen nata en los sectores rurales más aislados de nuestra comuna y de nuestro país. Por el otro lado están los que pertenecen a la clase media y que nunca tienen plata, pero aparentan tenerla.

El calvario de esta clase a la que pertenecemos la mayoría, es más terrible, porque somos los que asumimos el costo de todo. Si sube la bencina, sufrimos porque tenemos auto, sufrimos cuando sube el gas, sufrimos cuando sube la carne y las verduras y sufrimos cuando sube la luz, agua, Internet, teléfono y todo lo demás ¿Y por qué sufrimos?, porque no somos pobres como para recibir una pensión asistencial y morirnos de vergüenza y no somos ricos como para que nos importe un carajo el costo de la vida.
-A la otra clase no me referiré porque no es una constante, ni menos son la mayoría. -Unas cuantas Golondrinas, no hacen verano.-

Sí, existen dos Chile, uno real y el otro ficticio. Mientras uno toma ponche de fruta, el otro compra champagne en el Jumbo de Chillán. -Yo voy porque compro libros, y tienen un buen surtido y buenos autores, 
SE ACERCA LA NAVIDAD PARA TODOS, PERO NO POR IGUAL
La semana pasada me di una vuelta por todo el lugar (Jumbo) y tuve el privilegio de ver a un animal voraz depredando en todo su esplendor en la sección vinos. Este animal femenino que estaba provista de un carro, sacó tres botellas de vino tinto Cabernet Sauvignon y los puso en el carro, asumo que era una marca ya probada, porque ni siquiera lo pensó, sólo las sacó y se las llevó, para seguir su cacería unos estantes más allá. Me acerqué con curiosidad de vieja clota a ver el nombre y el precio de las botellas. -35 lucas cada una, sin embargo había otra de etiqueta color azul y letras color oro, una finura exquisita de envase, que decía $90.000 pesos. Después de esto me retiré antes que la promotora llegara hasta donde me encontraba, porque ya la había divisado acercándose y haciéndose la tonta para pregúntame la frase estúpida que se usa en Chile, ¿lo puedo ayudar en algo?, como si uno no pudiera comprar sin ayuda. ¡Préstame 90 lucas si queris ayudar! ¿A cuántos de ustedes les habría gustado que le diera esa respuesta?...Pero no se puede, la educación es una inversión que tiene que servir de algo, sino es plata perdida. En fin, lo que quiero dejar en claro es que de que hay pobres los hay y son muchos, pero a cuántos realmente les importa la pobreza de ese otro Chile, el desposeído, a cuántos les interesa ayudar de verdad. Mientras usted tenga para pagar su calefacción, sus alimentos y sus gastos básicos, seguramente no se hará el tiempo para saber qué fue de Juanito y quizás no repare en que todavía hay quienes compran jurel tipo salmón, margarina, y comparten la bolsa de té (cuando pueden). -Eso todavía se da, todavía hay chilenos que nacen raspando la olla y viven esperando que algún días todos tengamos para comer, que todos seamos personas a los ojos de los demás, que todos tengamos la ropa seca en invierno y podamos mirar a la cara a todos los niños de Chile, sin sentir vergüenza de nosotros mismos, por aún no poder superar la maldita pobreza de mierda de nuestro Chile a Medias.
estamos en vísperas de la Navidad , y yo espero que el Viejo Pascuero, se apiade y visite cada hogar, y que también cada hogar, pueda comprender que el Viejo Pascuero chileno, es medio pobre, y no le pidan lo que el no puede dar. Quizás algún día pueda, pero eso, ciertamente no depende sólo de él
Feliz Navidad a todos, y en especial a aquellos que tienen hijos e hijas, a los que la Navidad casi siempre les deja más penas que alegrías.
Iván Quintana